El capítulo 3 se titula "El Jordan de Lyra". Pullman describe
el college de Jordan, que presenta como el más imponente y rico de
Oxford. La descripción es rica, y nos introduce un factor que acentúa
la sensación de que las cosas no son exactamente como en nuestro mundo:
el college tiene posesiones por toda Gran Bretaña, y funciona más como
si se tratara de un monasterio medieval que como una escuela
universitaria de principios del siglo XX.
El college tenía granjas y posesiones por toda Bretaña. Se decía
que se podía ir caminando de Oxford a Bristol en una dirección y a
Londres en la otra sin abandonar nunca las tierras del Jordan. En todas
las regiones del reino había productores de colorantes, fabricantes de
ladrillos, bosques y gremios de elaboración atómica que pagaban tributo
al Jordan y el primer día de cada trimestre el tesorero y sus ayudantes
sumaban la recaudación, informaban de ella al Concilio y encargaban un
par de cisnes para festejar la ocasión.
El Jordan College es el centro de teología experimental más
importante de Europa y Nueva Francia (que suponemos que es América).
Lyra
no sabe en qué consiste la teología experimental. Se está educando
completamente a su aire, como una bárbara, al margen de los profesores.
De la misma manera que Lyra no conocía las ocultas corrientes de
la política que circulaban por debajo de la superficie de los asuntos
del college, tampoco los licenciados habrían sido capaces de hacerse
cargo del rico hervidero de alianzas, enemistades, pugnas y tratados
que constituían la vida de una niña de Oxford. ¡Qué agradable es ver
jugar a los niños! ¿Puede haber algo más encantador? En realidad, Lyra
y sus secuaces estaban entregados a luchas mortales.
En efecto, Pullman nos describe las luchas de poder entre niños,
tanto dentro del mismo college (se relaciona sobre todo con Roger, un
pinche de cocina) como con los niños del exterior, el juego de
alianzas y luchas. A veces parece que Pullman empieza un párrafo
rindiéndole homenaje al Peter Pan de J. M. Barrie y lo termina pensando
en El Señor de las Moscas, de William Golding.
Uno de los
grupos rivales son los niños giptanos, que viven en botes en los
canales. Sabemos que son el equivalente a los gitanos de nuestro mundo.
Pullman describe a Lyra como una niña "primitiva, tosca y
golosa", para quien los atardeceres "estaban inundados de colores:
crema, albaricoque, melocotón, frágiles nubes cual pequeños helados
suspendidos en un vasto cielo naranja". Aunque sabe que está en Oxford
debido a la enorme influencia del muy influyente Lord Asriel, su mundo
es el de las luchas entre niños, y la educación fragmentaria que recibe
por parte de los licenciados. Es una educación muy irregular y
dispersa. Lord Asriel llega a escuchar aterrorizado el relato de las
aventuras de Lyra en los tejados del college (¡como Bran Stark, de
Canción de Hielo y Fuego!).
En este momento, Pullman introduce
uno de los elementos centrales de la novela: los niños están empezando
a desaparecer. Alguien los está secuestrando. La narración de la
primera desaparición, en tiempo presente, parece casi un relato de
Conan Doyle, o un fragmento de Frankenstein, o un cruel cuento
infantil. Sabemos que quien los secuestra es una dama cuyo daimonion es
un mono de color dorado. Tony Makarios y otros niños son secuestrados,
y se les dice que formarán parte de una expedición. Se culpa de las
desapariciones a sectas de hechiceros, a demonios, caníbales y
tratantes de esclavos. Incluso empiezan a recibir un nombre popular:
los zampones.
Un día que Lyra está con Roger en los sótanos
del college, adonde han bajado para emborracharse, ven las lápidas de
los antiguos rectores y licenciados. El padre Heyst los descubre, pero
lo engañan. Durante esos días, los zampones se llevan a un niño
giptano, Billy Costa. Su madre es Ma Costa, por la que Lyra siente gran
admiración. También desaparece Roger.
Tras la desaparición de sus amigos, Lyra y Pantalaimon recuerdan
la foto de Lord Asriel en la que aparecía un niño que no atrae el
Polvo, y desarrollan teorías descabelladas, como que a los niños se los
llevan para convertirlos en esclavos de las minas de uranio para la
fabricación de bombas atómicas.
En ese momento aparece la
señora Londsdale, que reprende a Lyra por estar en el tejado, la obliga
a limpiarse y le ordena que vaya a reunirse con el rector. Este
le presenta a Dama Hannah Relf, la directora de un college femenino.
También le presentan a la señora Coulter, cuyo daimonion es un mono de
pelo dorado.
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Este capítulo puede
leerse prácticamente como una relato de misterio, de manera
independiente. En él cambia el tono de la novela, introduce el elemento
de misterio de las desapariciones de los niños, y tiene un cierre casi
circular, al desvelar el misterio de quién es la mujer del daimonion en
forma de mono dorado.
La educación (o, más bien, falta de
educación) de Lyra está narrada con convicción, y en todo momento se
nos hace partícipes y cómplices de sus travesuras y de las dificultades
que entraña el aprendizaje en un entorno lleno de ancianos. Lyra
encuentra más apetecible rodearse de sus amigos, de niños como ella, y
aprender de la vida.
Las luchas entre niños nos remiten a dos obras que ya hemos mencionado: Peter Pan y El Señor de las Moscas. De alguna manera, también podríamos ver elementos de Hansel y Gretel, o de El flautista de Hamelin:
hay ladrones de niños, que los roban engatusándolos y prometiéndoles
una recompensa, de modo que no son forzados, sino que aceptan de buen
grado irse con sus captores. Los ladrones de niños están presentes en
las leyendas populares desde tiempos inmemoriales, y de ahí han pasado
a la narración escrita.
El que a la señora Coulter la
reconozcamos como una zampona por su daimonion en forma de mono dorado
nos hace entrever la importancia que adquirirán los daimonions a lo
largo de la novela.
El recurso a la tecnología avanzada en una
obra ambientada en una época vagamente victoriana o eduardiana (finales
del siglo XIX o principios del siglo XX) constituye la esencia de ese
subgénero fantástico al que nos hemos referido en un par de ocasiones:
el steam-punk.
También destaca la extensión del
capítulo, casi el doble que los capítulos anteriores. Parece que la
intención del autor es darle un giro argumental a la novela, introducir
nuevos elementos y captar definitivamente nuestra atención, después de
los dos capítulos previos, que serían una especie de prólogo.